JURO DECIR LA VERDAD
IN MEMORIAN DE MI QUERIDÍSIMA PRIMA POR SU SUFRIMIENTO, SU VALOR Y SU ETERNA SONRISA
"JURO DECIR LA VERDAD, TODA LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD"
Capítulo Primero
La primera vez que vi una pizza fue en la pantalla del televisor. No tensría más de nueve o diez años. Se trataba de una película en blanco y negro de Sofía Loren. Ni siquiera se de qué trataba. Solo recuerdo que la protagonista, una joven humilde y deseperada deambulaba entre la gente, en una feria de la Italia rual de los años cincuenta y que tenía hambre, mucha hambre. De pronto vió a un chaval que acababa de comprar una porción de pizza en un puesto ambulante y la boca se le hizo agua. No se atrevía a pedírsela, pero se indignó al ver que el chico no sabía comerse la pizza de manera correcta y empezó a reñirle por la forma en que lo estaba haciendo, Se la quitó de las manos, la dobló por la mitad y, mientras le explicaba cuál era la forma de hacerlo, se la metió en la boca y le dió un enorme mordisco. Hasta que el niño no empezó a llorar exigiéndole que le devolviera la pizza, no fue consciente de lo que estaba haciendo. Avergonzada trató de calmar al chico prometiéndole comprarle una nueva porción. Al sentir la mirada acusadora de la gente que la rodeaba, empezó a correr hasta perderse entre el gentío.
Yo no sabía qué gusto tenía ni qué clase de alimento era, pero tenía tanta hambre como ella. Me quedé con ganas de comerme una porción enorme fuera como fuese y que debía comérmela correctamente, doblándola por la mitad.
Por primera vez fui consciente del hambre que pasábamos, de lo poco que conocíamos la comida y de lo escasa que nos era. Nuestra dieta no iba más allá del plato de papatas hervidas o de la sopa con gusto de espárragos, preparada con unos polvos que alguien nos daba en paquetes industriales de cinco kilos. Preferíamos no comer nada a tomar una cucharada más de aquella pasta grumosa e insufrible.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que probé la pizza, ni qué sabor tenía, aunque sí sé de la mano de quién lo hice. También sé que habían pasado muchos años desde que había visto a Sofía Loren comerla. Y desde entonces siempre, siempre, siempre, he explicado a quien estuviera conmigo que la pizza se come tomando la porción, doblándola por la mitad, e introduciéndola en la boca con los dedos,
Desde aquel día en que la vi por primera vez, llevo el hambre prendido en mi piel,
El día que nací era un día cualquiera, un lunes desesperado, al caer la noche, a la hora en que la gente se preparaba para finalizar la dura jornada y se acostaba con la dudosa esperanza de que el nuevo día llegara de la mano del trabajo que tanto escaseaba. Sé que era lunes por un cuadro que estuvo colgado en la pared durante mis primeros años. Se trataba de una mujer vestida con una túnica blanca griega, sentada de perfil con un bebé en el regazo y un pecho apenas descubierto. A su lado estaban escritos mi nombre y la fecha junto a un recuadro en el que debía estar mi fotografía y que siempre quedó vacío.
Mi madre llevaba varios días de parto y sufrió una grave hemorragia que la tuvo en cama algunos más. No fuí un bebé grande, pero ella era apenas una niña y se partió. Sufrió miedo y dolor sin tener a nadie a su lado. Creyeron que la perderían, pero fue fuerte y parió a muchos más.
En una de las constantes peleas que tenían mis padres, mientras intentaba evitar los golpes que me estaban dando, entre gritos mi padre me dijo que ojalá hubiésemos muerto tanto mi madre como yo el mismo día en que vi la luz, tal como nos deseaban en la carta anónima que apareció bajo la puerta de la casa a las pocas horas de nacer yo.
Era la primera vez que oía nombrar la carta que se convirtió en un enigma durante toda mi infancia. Muchas veces intenté preguntarle a mi madre quién la había mandado y por qué. Su respuesta siempre era la misma, que me fuera con viento fresco. Era un tema tabú que solo salía en las peleas, entre los platos rotos y los sollozos, pero nunca aclarando nada.
A lo largo del tiempo llegué a recoger algún fragmento de la historia y pude componer, con muchos espacios en blanco, que la carta la escribió la familia de mi madre, a quienes ella había dado la espalda, casándose siendo menor de edad y en contra de la voluntad de mi abuelo, que no quería que se casara con un desconocido que había llegado al pueblo de muy lejos, sin pasado, y trece años mayor que ella.
A menudo yo también he deseado haber muerto aquel día. He tentado a la muerte muchas veces, pero nunca me ha querido como consorte.
Mis recuerdos son lejanos y selectivos, pero muchas veces desearía no recordar. Agredida, humillada siempre, agresiva yo también.
Fuimos seis hermanos, tan distintos como los colores del arco iris, y de tan iguales, tan diferentes. Jugábamos solos, dormíamos solos, llorábamos solos. Siempre solos. Solo nos acompañaba el miedo, aquel terrible temor. Miedo a hablar, miedo a reír, miedo a actuar.
Siempre quisimos dejar atrás todo lo que nos pasó, olvidar, pero no pudimos nunca. Ha sido como un lastre atado a nuestras piernas, como la inmensa bola que sujetaba Atlas a sus espaldas. Un pájaro de mal agüero que ha volado sobre nuestras cabezas, oscureciéndolo todo, sin permitirnos levantar la vista, buscar una luz, ver un final. Hemos pagado un caro peaje por nuestros errores, que no fueron nuestros, sinó heredados, impuestos ante la necesidad de sobrevivir en un entorno que nos era extraño, ajeno, que nunca buscamos n i deseamos. Mirábamos la vida desde un agujero, metiendo los dedos a través de él con la esperanza de notar qué había al otro lado, de tocarlo. Nunca nos fue permitido, y aún ahora es como un espejismo. Solo nos mantiene el deseo de que algún día despertemos de golpe con la sensación de que todo ha sido un sueño, un mal sueño. Pero cada día al levantarnos, los medicamentos que tomamos nos golpean la cara recordándonos que todo ha sido cierto, que es cierto.
Jordi y yo nacimos casi juntos, tan juntos que no recuerdo mi vida sin él. Tres días después de su nacimiento le bautizaron. Vivíamos en una casa que estaba junto a la iglesia, La casa estaba llena de gente que bebía y hablaba, hablaba y bebía, mientras mi madre estaba en el piso superior intentando recuperarse del desgarro sufrido durante el parto. No había permitido que el médico que la atendió en casa la cosiera. Decía que los había pasado tan mal en el primer parto que no permitió que la cosieran nunca más. Al igual que yo, mi hermano había nacido en casa. La gente entraba y salía bebiendo y dejaban los vasos medio vacíos en la mesa que había en el centro de la estancia. Nadie se dió cuenta de que, pese a mi corta edad, apenas un año y medio, yo iba bebiendo de los basos que dejaban sin terminar. Al cabo de un rato estaba vomitando y lloraba tanto que mi padre me agarró de un zarpazo y me llevó hasta la habitación de mi madre. Se había cabreado porque yo no paraba de llorar. Me arrojó de golpe sobre la cuna de tal forma que se desprendió la parte inferior i caí directamente al suelo y las barandas de la cuna sobre mi. Por suerte el colchón amortiguó el golpe y no me lastimé. Callé de golpe.
Mi hermano lloraba. Lloraba mucho, lloraba siempre. Lloraba cuando tenía hambre y lloraba cuando había comido, lloraba cuando estaba contento y lloraba cuando estaba furioso. Lloraba de noche y de día. Un día, si mi madre no llega a evitarlo, mi padre estuvo a punto de lanzarle por la ventana. Ya no lo aguantaba más, pero pronto encontró la solución, se iba de casa. Llegaba de trabajar, comía, se arreglaba y se iba al bar. Cuando llegaba de madrugada, todo estaba en silencio.
Yo no sabía qué gusto tenía ni qué clase de alimento era, pero tenía tanta hambre como ella. Me quedé con ganas de comerme una porción enorme fuera como fuese y que debía comérmela correctamente, doblándola por la mitad.
Por primera vez fui consciente del hambre que pasábamos, de lo poco que conocíamos la comida y de lo escasa que nos era. Nuestra dieta no iba más allá del plato de papatas hervidas o de la sopa con gusto de espárragos, preparada con unos polvos que alguien nos daba en paquetes industriales de cinco kilos. Preferíamos no comer nada a tomar una cucharada más de aquella pasta grumosa e insufrible.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que probé la pizza, ni qué sabor tenía, aunque sí sé de la mano de quién lo hice. También sé que habían pasado muchos años desde que había visto a Sofía Loren comerla. Y desde entonces siempre, siempre, siempre, he explicado a quien estuviera conmigo que la pizza se come tomando la porción, doblándola por la mitad, e introduciéndola en la boca con los dedos,
Desde aquel día en que la vi por primera vez, llevo el hambre prendido en mi piel,
El día que nací era un día cualquiera, un lunes desesperado, al caer la noche, a la hora en que la gente se preparaba para finalizar la dura jornada y se acostaba con la dudosa esperanza de que el nuevo día llegara de la mano del trabajo que tanto escaseaba. Sé que era lunes por un cuadro que estuvo colgado en la pared durante mis primeros años. Se trataba de una mujer vestida con una túnica blanca griega, sentada de perfil con un bebé en el regazo y un pecho apenas descubierto. A su lado estaban escritos mi nombre y la fecha junto a un recuadro en el que debía estar mi fotografía y que siempre quedó vacío.
Mi madre llevaba varios días de parto y sufrió una grave hemorragia que la tuvo en cama algunos más. No fuí un bebé grande, pero ella era apenas una niña y se partió. Sufrió miedo y dolor sin tener a nadie a su lado. Creyeron que la perderían, pero fue fuerte y parió a muchos más.
En una de las constantes peleas que tenían mis padres, mientras intentaba evitar los golpes que me estaban dando, entre gritos mi padre me dijo que ojalá hubiésemos muerto tanto mi madre como yo el mismo día en que vi la luz, tal como nos deseaban en la carta anónima que apareció bajo la puerta de la casa a las pocas horas de nacer yo.
Era la primera vez que oía nombrar la carta que se convirtió en un enigma durante toda mi infancia. Muchas veces intenté preguntarle a mi madre quién la había mandado y por qué. Su respuesta siempre era la misma, que me fuera con viento fresco. Era un tema tabú que solo salía en las peleas, entre los platos rotos y los sollozos, pero nunca aclarando nada.
A lo largo del tiempo llegué a recoger algún fragmento de la historia y pude componer, con muchos espacios en blanco, que la carta la escribió la familia de mi madre, a quienes ella había dado la espalda, casándose siendo menor de edad y en contra de la voluntad de mi abuelo, que no quería que se casara con un desconocido que había llegado al pueblo de muy lejos, sin pasado, y trece años mayor que ella.
A menudo yo también he deseado haber muerto aquel día. He tentado a la muerte muchas veces, pero nunca me ha querido como consorte.
Mis recuerdos son lejanos y selectivos, pero muchas veces desearía no recordar. Agredida, humillada siempre, agresiva yo también.
Fuimos seis hermanos, tan distintos como los colores del arco iris, y de tan iguales, tan diferentes. Jugábamos solos, dormíamos solos, llorábamos solos. Siempre solos. Solo nos acompañaba el miedo, aquel terrible temor. Miedo a hablar, miedo a reír, miedo a actuar.
Siempre quisimos dejar atrás todo lo que nos pasó, olvidar, pero no pudimos nunca. Ha sido como un lastre atado a nuestras piernas, como la inmensa bola que sujetaba Atlas a sus espaldas. Un pájaro de mal agüero que ha volado sobre nuestras cabezas, oscureciéndolo todo, sin permitirnos levantar la vista, buscar una luz, ver un final. Hemos pagado un caro peaje por nuestros errores, que no fueron nuestros, sinó heredados, impuestos ante la necesidad de sobrevivir en un entorno que nos era extraño, ajeno, que nunca buscamos n i deseamos. Mirábamos la vida desde un agujero, metiendo los dedos a través de él con la esperanza de notar qué había al otro lado, de tocarlo. Nunca nos fue permitido, y aún ahora es como un espejismo. Solo nos mantiene el deseo de que algún día despertemos de golpe con la sensación de que todo ha sido un sueño, un mal sueño. Pero cada día al levantarnos, los medicamentos que tomamos nos golpean la cara recordándonos que todo ha sido cierto, que es cierto.
Jordi y yo nacimos casi juntos, tan juntos que no recuerdo mi vida sin él. Tres días después de su nacimiento le bautizaron. Vivíamos en una casa que estaba junto a la iglesia, La casa estaba llena de gente que bebía y hablaba, hablaba y bebía, mientras mi madre estaba en el piso superior intentando recuperarse del desgarro sufrido durante el parto. No había permitido que el médico que la atendió en casa la cosiera. Decía que los había pasado tan mal en el primer parto que no permitió que la cosieran nunca más. Al igual que yo, mi hermano había nacido en casa. La gente entraba y salía bebiendo y dejaban los vasos medio vacíos en la mesa que había en el centro de la estancia. Nadie se dió cuenta de que, pese a mi corta edad, apenas un año y medio, yo iba bebiendo de los basos que dejaban sin terminar. Al cabo de un rato estaba vomitando y lloraba tanto que mi padre me agarró de un zarpazo y me llevó hasta la habitación de mi madre. Se había cabreado porque yo no paraba de llorar. Me arrojó de golpe sobre la cuna de tal forma que se desprendió la parte inferior i caí directamente al suelo y las barandas de la cuna sobre mi. Por suerte el colchón amortiguó el golpe y no me lastimé. Callé de golpe.
Mi hermano lloraba. Lloraba mucho, lloraba siempre. Lloraba cuando tenía hambre y lloraba cuando había comido, lloraba cuando estaba contento y lloraba cuando estaba furioso. Lloraba de noche y de día. Un día, si mi madre no llega a evitarlo, mi padre estuvo a punto de lanzarle por la ventana. Ya no lo aguantaba más, pero pronto encontró la solución, se iba de casa. Llegaba de trabajar, comía, se arreglaba y se iba al bar. Cuando llegaba de madrugada, todo estaba en silencio.